17 de Enero de 2015
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En
el partido en el que milito tenemos todo un reto por delante, a más del natural
trajín de cada una de las fases del proceso eleccionario, nuestro desafío es de
fondo, de decisiones vinculadas con nuestras acciones interiores que se
proyectan hacia el exterior, también de conductas y de actitudes, que el
elector ponderará para definir si va con el PAN o no va. Mi preocupación, como
militante de Acción Nacional, es si seremos capaces de poner por encima de
nuestras naturales y humanas diferencias, de nuestros proyectos individuales o
de grupo - odio decir esto, pero es real - los de un partido político que fue
concebido por su fundador como una agrupación de hombres y mujeres libres,
comprometidos para luchar por la justicia, exigir la libertad y seguir
construyendo la democracia.
El
PAN está viviendo una crisis de divisionismo de buen tiempo atrás que ha ido
erosionando su extraordinario papel en la vida política del país, en la que por
décadas en voz y en hechos de quienes estuvieron antes que nosotros, le dieron
a los mexicanos la certeza de que podía hacerse política con categoría,
honrando los principios de doctrina atesorados en la tesis de raigambre
humanista que sustentan la ideología y la razón de ser del partido. En ninguna
parte de los postulados panistas se destaca que el objetivo de nuestra
organización es ganar elecciones, ganarlas solo es consecuencia de.
Precisamente
cuando empezaron a darse las victorias electorales grandotas, como la del 2000,
y luego la del 2006, también aparecieron las discordias y se fueron perdiendo
las maneras en que antes las solucionábamos, como eran el dialogo en buena ley,
el acuerdo en el marco de una discusión con “camaradería castrense”.
Con
este escenario, no puedo evitar traer a la memoria, el célebre y sentido
discurso pronunciado por un hombre de otro tiempo, de otra nacionalidad, cuyo
país vivía algo similar a lo que hoy está respirando en mi partido. Abraham
Lincoln en 1861 en Springfield (Illinois) donde arrancó su campaña electoral
que lo llevaría a convertirse en el decimosexto presidente de los Estados
Unidos, expresó esta pieza extraordinaria: la casa dividida. Le comparto
estimado leyente uno de sus párrafos.
“Una
casa dividida -afirmó glosando una frase de la Biblia —no puede sostenerse. El
Gobierno no puede resistir, de manera permanente, el ser la mitad esclavista y
la mitad emancipador. No espero que la Unión se disuelva, no espero que la casa
se derrumbe, lo que espero es que cese de estar dividida. Un estado en el que
coexisten la libertad y la esclavitud no puede perdurar”.
Los
panistas tenemos que entender que la división nos debilita, que no pueden
coexistir la discordia, ni las posiciones cerradas, ni las venganzas, ni la
soberbia, ni los apetitos mezquinos, en un partido en el que sostenemos que el
respeto a la dignidad de la persona humana es sustantivo, en el que afirmamos
que la solidaridad y la subsidiariedad son piedra de toque para ser nación y en
el que generar bien común es el destino del ejercicio de la acción política.
Hago
votos porque tengamos los arrestos y la grandeza de miras para no perdernos en
la debacle de las insignificancias, y atrevernos a ser mexicanos congruentes
con los postulados del partido que elegimos para servir a México. No
disolvamos, ni derrumbemos lo que solo heredamos. No tenemos derecho.
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