Con cariño, respeto y esperanza, a los jóvenes
Decía el destacado político y ensayista español,
Gonzalo Fernández de la Mora que: “Un Estado no se valora por su semejanza con
un prototipo presuntamente ideal, sino por su efectiva capacidad para mantener
un orden progresivamente justo y próspero”.
Es interesante el concepto, y yo diría que muy
objetivo, para calificar la actuación de quienes tienen a cargo que esto
suceda, es decir, las personas a quienes les toca ejercer el poder. El otro
día, una buena amiga que tengo y que dice las cosas a boca de jarro, me espetó
unas así: el poder solo tienta a los inútiles y al final del día, la política
es nomás un juego de poder que tiene como incentivo la ambición desmedida. Yo
no generalizaría, pero en lo que sí estoy de acuerdo, es en que hay muchos
especímenes que encajan en el tipo que han hecho de la política algo deleznable
y que, llegados al cargo, hacen todo lo contrario a lo descrito por Fernández
de la Mora.
Lo que predomina en el caldero son los largos —por
sus alcances para jorobarse al prójimo— , los que les gusta vivir a costillas
del presupuesto con el mínimo esfuerzo, los frescos acostumbrados a servirse —y
con la cuchara grande— no a servir. Y son éstos los que gobiernan, los que
hacen las leyes y los que imparten ¿¿¿??? justicia. ¿Sabe quiénes me han dicho
esto? Los jóvenes, es lo que piensan los jóvenes. Y, ¿sabe qué?, tienen razón.
Esta es la perspectiva que tienen los muchachos de
sus gobernantes. “Está del nabo —utilizó otra palabra, que no la escribo por
altisonante— encontrar alguna noticia que le dé a uno esperanza sobre el
mañana”. No le pongo, porque no me alcanzaría el espacio, todo el listado de
adjetivos “descalificativos”, unos con sentido y otros sin él, que traducen el
sentimiento generalizado de muchos muchachos entre los 15 y los 20 años.
Me duele, me sobrecoge el espíritu, que no
encuentren indicios de “esperanza en el mañana”, y es que esto dicho por un
muchacho, es devastador. Yo fui joven hace ya algunas décadas, pero nunca me
sentí así, con ese desaliento interior, y me tocaron los tiempos del
autoritarismo a ultranza, y “los de baja la cabeza cuando te estoy hablando”.
“Es un asco como actúan muchos políticos, pero lo que da más asco es que no
sientan vergüenza” —tiene 17 años la criatura que expresa esto. Si se fijan,
hay muchos adultos que piensan que los muchachos son tan superficiales, que
viven en otra galaxia, y que les importa un cacahuate lo que pasa a su
derredor.
Están hartos de la actitud y de la manera en que
ejerce su “liderazgo” la clase política. ¿Quién no? Aquí lo relevante es
preguntarles, ¿y qué van a hacer para que esto cambie? Lo que decidan tendrá un
impacto directo en su futuro, y no van a ser jóvenes hasta la consumación de
los siglos.
Si quieren legitimidad en la política la van a
tener que establecer desde las urnas, con la abstención no la van a conseguir.
Una elección en nuestro País la gana el que saca más votos, sin importar que
solo sean tres los electores. Si los muchachos con idearios y estrategias tan
distintas como los tonos del arcoíris quieren realmente ser dueños de su
mañana, van a tener que demostrar en los hechos que tienen fuerza y valía.
Deben entender que la protesta es desgastante y estéril, en muchos casos, y por
ello hay que involucrarse en el proceso, y no esperar hasta que nazca el niño.
Tienen —no es orden, es solicitud— que aprender a
ser más padres de su porvenir y menos hijos de su pasado, y eso solo puede ser
posible si se atreven a dejar barreras y a lanzarse al ruedo. Y es que quien no
se esfuerza no gana.
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