Recibo una infinidad de correos electrónicos en los que las personas
me comparten sus puntos de vistas, opiniones, quejas… en todos los
matices que nuestra castellana lengua nos permite, sobre política y
políticos. ¿Qué he ido notando que se va acentuando en el grueso de
ellos desde hace ya muy, pero muy buen tiempo? Que están hartos de la
manera en que actúan los gobernantes de todos los niveles, que no
vislumbran disposición de quienes están en el cargo público de corregir
estilo y que va en aumento el número de aquellos que carecen de visión
de Estado y menos, pero mucho menos, de previsión de futuro. “La
política –me escribe una de estas personas– la han convertido en algo
despreciable, no hay altura de miras, se empeñan en no ver más allá de
sus podridas (textual) narices, no quieren ver que el País, a pesar de
ellos, ha ido cambiando… y que lo que acostumbran hacer como Gobierno ya
no sirve, ya no funciona”. Tiene razón, necesitamos políticos y
políticas que tengan presente que el mundo de hoy está sufriendo cambios
y eso nos afecta, y que también estarán afectando nuestro futuro y el
de todas las personas que habitamos este planeta y que por ello hay que
tomar previsiones desde ahora. No hay día de Dios que no se exhiban en
los medios actos de corrupción y de impunidad de la clase política, a lo
largo y ancho de la república, con la consabida desfachatez de los
ínclitos. La exhibición de sus miserias ya alcanzó la superficie,
muestran sin pudor alguno los entresijos de sus liviandades y raterías,
siempre con la vista puesta en la inmediatez de la siguiente liana a la
que van a colgarse. Lo que cuidan como cancerberos son sus intereses,
los de sus representados ni les preocupan ni los ocupa.
No dan
viso, buena parte de ellos, en estar interesados en generar un nuevo
modelo social y económico acorde a los tiempos y sobre todo basado en
las personas, en el bienestar de las personas. Un esquema en el que se
privilegie la solidaridad responsable y no la dependencia ad perpetuam
del deleznable populismo trasnochado que ha sido la desgracia de este
amado País. El sistema instituido consiste en sobornar a millones de
personas de las colonias populares con dádivas ($) o con amenazas, y no
batallan, porque se trata de personas que no están acostumbradas a
pensar en abstracto ni a reflexionar sobre su condición de vida, ya que
lo único que les interesa es el día a día, además de que es más fácil
controlar a alguien con la voluntad domada. Son sus votantes de un día y
súbditos de por vida. La política no es esto.
La política
necesita recuperar su esencia de facilitadora de las relaciones entre
gobernantes y gobernados organizados para interactuar bajo la directriz
del orden jurídico; cuando se trabaja bajo su auspicio el concepto de lo
que es gobernar se transforma, porque empieza a entenderse como la suma
de todas aquellas acciones del Estado destinadas a satisfacer las
demandas de la comunidad a la que sirve, con el objetivo toral de
alcanzar el bien común. La política de altura privilegia el pluralismo
democrático en el marco de una sana e inteligente discusión de ideas,
nunca en esta diatriba de insultos y descalificaciones que hoy campea y
de la que la gente ya está harta. Y también se encuentra profundamente
decepcionada de una clase política que ha perdido prestancia, utilidad y
grandeza. La desconfianza en los políticos y en la política no apareció
de la nada, las conductas y actitudes de muchos de sus cofrades han
abonado con creces a este desdén. La gente ha llegado a la conclusión de
que a sus gobernantes no les importa ni la pobreza ni la inequidad ni
la violencia ni la inseguridad ni el desempleo ni nada de lo que ha ido
volviendo miserable la existencia de millones de mexicanos. La política
es servicio, pero no se percibe así, lo que está a la vista es que quien
llega al cargo público llega a servirse, no a servir.
La
demagogia está colapsando la vía por la que transita la credibilidad de
los gobernados hacia sus gobernantes, no es posible seguir ciego y sordo
ante semejante debacle. No es sano que los destinatarios de este mal
permanezcan inmutables. No es desde el silencio ciudadano que se
construye vida social. La clase política tiene que sentir el rigor de la
respuesta de quienes ha venido agraviando desde hace décadas. No es
posible seguir siendo mirón de malo y número uno en renegar de los
sinvergüenzas que gobiernan, nomás entre cuatro paredes. Es necesario
convertirse en protagonista, asumirse en lo que es usted: dueño de la
casa. En las latitudes en que se gobierna con respeto y en pro de los
gobernados, los gobernados se convirtieron en primerísimo lugar en
agentes de cambio social y obligaron a sus gobernantes a escuchar y a
dialogar, a ser sensibles a sus demandas.
En el epitafio de Willy
Brandt, el estadista y político alemán, se lee: “Se tomó la molestia”.
De ese tipo de políticos necesitamos en México, necesitamos en Coahuila,
de esos que se “tomen la molestia” de ocuparse de que quienes nazcan en
el espacio en el que gobiernan, ya tengan asegurados educación, salud,
vivienda, alimento, deporte, esparcimiento, empleos dignos. No caen del
cielo, está más que visto, los eligen los ciudadanos.
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