8
de Agosto 2015
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Entro
de lleno al punto. Al cinismo — hay muchas definiciones, yo parto de esta
—“como desvergüenza en el mentir o en la defensa o práctica de acciones o
doctrinas vituperables”.
Permítame
compartirle para ilustrar el tema, lo que dos profundos conocedores
reflexionaban al respecto. Uno, Ambrose Gwinett Bierce, escritor, periodista y
editorialista norteamericano, que vivió en nuestro País cuando se vivía el
movimiento revolucionario de 1910, el otro, Diógenes, contemporáneo de
Alejandro Magno. Cuantos siglos, cuanto espacio entre los dos, pero…
El
cinismo parte de una mentira prefabricada, como en un teatro, donde los
personajes son inventados y sus trajes y escenario artificiales. Con el disfraz
o la máscara se ocultan las verdaderas intenciones o la verdadera acción
política. Brice, a propósito de, definía a la política como el: “Conflicto de intereses
disfrazado de lucha de principios.
Manejo
de los intereses públicos en provecho privado”. ¿Qué tal? ¿Andaba errado? Quizá
eso explique porque el común de los mortales, el ciudadano de a pie, el que
trabaja y lucha para tener el sustento suyo y el de su familia en el día a día,
esté tan alejado de la cosa pública y por ende, le resulte tan complicado
explicarse lo que hacen sus gobernantes.
Vamos
con Diógenes, ateniense de pura cepa. Dicen sus biógrafos que en una ocasión en
que estaba tomando el sol, se le acercó Alejandro Magno, quien le dijo: “Pídeme
los que quieras”, la respuesta fue concisa: “Pues no me hagas
sombra”. Y es que las sombras que proyecta el cinismo, impiden ver con claridad
los asuntos públicos, de ahí, que entre más cinismo por el medio, la confianza
y la credibilidad en los gobernantes se vuelvan más entecas y el repudio más
intenso. Pero mejor que hable el notable griego: “Los que dicen cosas buenas y
no las hacen, no se diferencian de una citara, pues esta ni oye ni siente”.
El
cinismo en el ámbito de la administración pública, nos muestra un día sí y otro
también que los recursos y beneficios del Estado no llegan a quienes deben
llegar — léase lo que informa el CONEVAL: más pobres, y que maquilla la Sra.
Rosario Robles — pero los costos si corren por cuenta de los que pagan
impuestos religiosamente. Constate usted la actualidad de lo expresado por
Bierce, cuando define a la República: “Entidad administrativa manejada por una
incalculable multitud de parásitos políticos, lógicamente activos pero
fortuitamente eficaces”. Y transcribo lo que significa DECIDIR en un gobierno
de cínicos:
“Sucumbir a la preponderancia de un grupo de influencia sobre otro
grupo de influencia”.
Nada más proyecte este concepto con la práctica
deleznable, verbi gratia, de otorgar licencia sin límites a los “amigos” del
régimen para realizar toda suerte de acciones que atentan contra el bien común,
o la irresponsabilidad de no dar seguimiento a programas presumiblemente para
impulsar el desarrollo social.
Y vámonos
con Diógenes — 412 años A.C — es que es una maravilla comparar sus
pensamientos. Platón, su contemporáneo, expresó un día, que el hombre era “una
animal de dos pies sin plumas”, Diógenes entonces se hizo de un gallo y le
arrancó las plumas, y se los lanza al piso a Platón y a sus discípulos, con un
contundente: “Este es el hombre de Platón”. Y es que poner en comparativo el
dicho con el hecho, es la razón de ser de la política. El poder ser capaz por
esa vía, de transformar una idea, una visión, un objetivo en realidad
susceptible de verificarse EN LOS HECHOS, no nada más en el verbo, es lo que
hace creíbles a los políticos. El cinismo deshumaniza el sistema político, y lo
convierte en este amasijo odioso de dizque “verdades” vertidas en los discursos
encendidos de políticos de quinta categoría, que no resisten
la compulsa con una realidad que muerde y que nos está gritando que México,
nuestro País, va en picada.
Estas
preguntas las tomé de un texto ajeno, no son mías pero son exactamente lo que
millones de mexicanos cuestionan, yo entre ellos: “¿Qué País es este? ¿Qué
democracia es esta? ¿Qué se han creído estos sinvergüenzas? ¿Qué empresas y que
riqueza crean estos parásitos de la política? ¿Cómo pueden hablar de justicia
social sin sonrojarse? ¿Cómo pueden mirar a los ojos a un desvalido sin que se
les caiga la cara de vergüenza? ¿Cómo puede todavía haber incultos e ignorantes
que los aplauden en los mítines y les piden autógrafos?”
Y
esta si es mía: ¿Cómo pretende el mayor burlador contemporáneo de los
coahuilenses, regresar? La sola pretensión es la evidencia sine qua non de que
su cinismo no tiene paragón.
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