La
política en nuestro país huele a naftalina
El
jueves de esta semana quedó aprobada la miscelánea fiscal del presidente Peña
Nieto. El senado como colegislador hizo lo suyo, con el voto a favor de PRI,
del PVEM y de parte del PRD y en contra el del PAN. Celebro que el Grupo
Parlamentario del PAN se haya retirado, al cabo que con ellos o sin ellos el
paquete se aprobaba, mejor sin ellos. En la Cámara de Diputados, los panistas
también votamos en contra de lo que regresó el senado.
Nos
queda el Presupuesto de Egresos, este si se vota de manera exclusiva por la
Cámara de Diputados y la fecha límite para aprobarlo, por ministerio de ley es
el 15 de noviembre. De modo que nos esperan sesiones muy intensas de trabajo.
La
del jueves en San Lázaro fue un reflejo fiel de como el PRI redivivo por 19
millones de mexicanos regresa por sus fueros después de 12 años de ausencia de
la primera magistratura. Y no niega, al contrario, exhibe su impudicia, su
grupo parlamentario no legisla por su cuenta, sino simple y llanamente es el
instrumento ejecutor de la voluntad del presidente de la República y éste a su
vez del grupo a quien le debe la posición que hoy ocupa. No producen resultados
por sí mismos, se limitan a consumar lo que se les ordena, la llaman disciplina
partidista.
¿Qué
consecuencias tiene esto? La primera es la degradación de la política nacional.
Que no es otra cosa más que el ejercicio del poder de manera irresponsable y
sin medir las consecuencias de sus actos, simplemente votando por mandato, sin
cuestionar los objetivos de las órdenes que reciben.
La
búsqueda de la fama sostenida en el espectáculo de la inmediatez se regodea en
el discurso sin sustancia, repitiendo viejos clichés, por eso se
sobredimensionan los gestos, se desgranan los insultos personales y los
desplantes teatrales, porque es con ese maquillaje grotesco – por lo manoseado
– con el que se pretende cubrir su colosal impotencia, su triste papel de
corifeos pagados, de plañideras a sueldo. ¿Y qué queda? La política reducida a
farsa y la repulsa de los espectadores.
El
otro efecto de “shows”, como el del jueves en San Lázaro, deja de manifiesto,
parafraseando al filósofo, economista, sociólogo e historiador escocés
del siglo XVIII – que vigencia – David Hume, “la avaricia insaciable de los
políticos”. Y es que cuando solo se acatan órdenes porque NO SE TIENE poder
real de decisión, “cuidar el hueso” se vuelve asunto de supervivencia. De eso
se vio y mucho el jueves de esta semana en la tribuna más importante de la
nación.
La
política en nuestro país huele a naftalina, se sostiene en las vetustas
prácticas acuñadas en un tiempo en que la hegemonía tricolor tenía el control
absoluto hasta de los suspiros de los mexicanos; se niegan tozudamente a aceptar
que el México que gobernaron durante 70 años, con todos los vicios de la
satrapía omnipotente, ha ido cambiando, a pesar del despliegue de controles que
lanzaron desde los virreinatos estatales durante sus 12 años de ausencia del
Gobierno Federal. Nuestra Coahuila está pagando las consecuencias y lo que nos
falta.
Hoy
día la población y los medios de comunicación se han vuelto más propensos al
señalamiento, quizá hasta escandaloso en muchos casos, porque no perciben un
desempeño de resultados que compense el atraco a la nación. Los eventos de
corrupción e impunidad son cosa cotidiana en este país, se recrudecieron en
estos 11 meses de gobierno peñista. Hay evidencias graves de que tren se está
descarrilando, pero el PRI se niega a aceptar su obsolescencia.
La
pérdida de poder político real está a la vista, la proliferación de la
corrupción es una señal inequívoca. Están empecinados en hacer las cosas como
se hacían hace mucho tiempo. Hoy tienen una cadena de despropósitos e
incoherencias con la que están labrando su Waterloo. No hay orden ni concierto
en los remiendos con los que quieren “arreglar” la ruina del edificio y el
desprestigio de su gestión.
En
Francia, la popularidad de Hollande se está desmoronando. Los franceses ya
quieren que se largue. El “mea culpa” los está matando. “¿Quiénes eligieron a
ese bobo?” Cuestionan los editorialistas. “Si bastaba verle la cara para
calcular su coeficiente intelectual”, apuntan otros, “ni siquiera era necesario
oír la sarta de sandeces que profería”, rematan ya entrados en la discusión.
Pobre de Francia ¿verdad?
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