Por Esther Quintana Salinas
En una democracia
representativa como es la nuestra, la representatividad está en crisis, porque
la gente no se siente representada en sus diputados
El
método más idóneo para tomar decisiones en el seno de una sociedad en la que se
comparten valores sustantivos, como por ejemplo la tolerancia, el respeto mutuo
a las personas y a las instituciones, la pluralidad, la inclusión, es la
democracia. Son entre otros, estos valores, los que le dan legitimidad a las
decisiones que haga suyas la mayoría. Bajo este entendido, la democracia
resulta el instrumento más sano para llegar a determinaciones con las que todos
se sientan comprometidos a observar y hacer que se observen. No obstante, vale
subrayar, que la circunstancia de que la mayoría haya estado de acuerdo,
no garantiza la bondad de la política adoptada.
Derivado
de esto, la sociedad decidió fortalecer el sistema, generando un orden
constitucional que ciña la actuación de gobiernos y congresos a un régimen
específico de facultades y funciones expresas. La Constitución recoge esas
decisiones torales imbuidas de los valores básicos que les dieron vida, las
vacía en sus contenidos elevándolas a categoría de obligatorias. Y ahí quedan
garantizados los derechos fundamentales del hombre, verbi gratia, el derecho a
la libertad de expresión en todas sus modalidades, al trabajo, a la educación,
a la propiedad, también el régimen de separación de poderes y su ámbito
específico de competencias, entre otros. Visto en conjunto, su fin no es otro,
más que el de proteger la libertad de las personas.
Una
Constitución es pues, el reflejo expreso del compromiso de un conjunto de
individuos sobre una serie de valores básicos y un proyecto social en común. Un
pacto, como es, la Carta Magna, posibilita bajo esta premisa, la convivencia.
Se trata de la norma jurídica de más jerarquía, por encima de ella no hay
ninguna otra. Las leyes secundarias que de ella emanan regulan los “cómos” van
a aplicarse sus disposiciones.
Yo
quería compartirle estas reflexiones, generoso lector, porque es la tarea
sustantiva que nos corresponde realizar a los legisladores en las dos Cámaras
que conforman el Congreso de la Unión: hacer leyes, y hacerlas no es cosa
simple. Implica una serie de acuerdos y consensos de las diferentes fuerzas
políticas que tienen asiento en San Lázaro y en Reforma. En una democracia
representativa como es la nuestra, la representatividad está en crisis, porque
la gente no se siente representada en sus diputados, y ya si hablamos de
representación de entidades federativas, como es la que ostentan los senadores,
pues menos.
De
ahí que hoy quiera destacar, que el fenómeno que se está generando en las redes
sociales, sea tan significativo y tan trascendente, porque se han convertido en
un vehículo de intercambio de información que fluye en los dos sentidos. Ya hay
un número importante de personas que lo utilizamos para comunicarnos, la página
en la que esta servidora suya informa de su trabajo en la Cámara de Diputados,
me permite conocer de primera mano lo que piensan de una tarea que hasta hace
unos años, era solo una idea vaga.
A
más de que la enriquecen con opiniones, puntos de vista y propuestas concretas,
que son muy valiosas cuando estamos en el análisis de Iniciativas, o para
elaborarlas. Este jueves, antier, para ser más concreta, subí a tribuna a
presentar una iniciativa destinada a generar condiciones de vida distintas, a
los niños que hasta los seis años pueden permanecer con sus madres cuando estas
están privadas de su libertad. Y esto fue posible porque una joven trabajadora
social del Estado de México, Edna Antúnez, conocedora de la problemática, a
través de una red por Internet me contactó, nos encontramos y me llevó no solo
su preocupación, sino su investigación en campo.
Este
primer año de trabajo legislativo ha sido intenso, y yo quiero agradecer por
este medio, a todos mis amigos de las redes sociales - a muchos no tengo el
gusto de conocerlos personalmente - por sus valiosas aportaciones, vía
observaciones, críticas o propuestas, porque me mantienen aterrizada en la
realidad. Y eso es oro puro para mi quehacer en San Lázaro.
Un
millón de gracias, y también a VANGUARDIA, por este generoso espacio.
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