29 de Noviembre 2014
Cuando esto escribo estoy enterándome de la muerte de un señor muy
querido por propios y extraños. Hay decesos que se celebran, decía una
amiga de mi madre, Primi, le decíamos de cariño, y eso lo dijo cuando
una bala perdida le dio a su marido en la mera cabeza justo en el
momento en que él se echaba la segunda cerveza del día en la mesa del
barecito al que solía llegar todos los días a eso de las 12 del día.
Nunca trabajó el cristiano, Primi lo hacía por él, para él y para su
numerosa prole - 9 chiquillos -, y le daba hasta para sus “tragos”,
aquel fue el último. De modo que cuando mi madre le fue a dar el pésame,
levantó los brazos y la mirada al cielo y le dijo: “No, Rosario,
bendito sea Dios que se lo llevó, ya voy a descansar y él pues va a
hacer allá con el Padre eterno, lo que siempre le gustó, estar sentadito
sin hacer nada”. El de don Roberto se lamenta.
Roberto Gómez
Bolaños, nos hizo reír a carcajadas. El “Chespirito” se lo puso el
director cinematográfico Agustín P. Delgado, haciendo alusión al
diminutivo en la pronunciación castellanizada de William Shakespeare,
por su talento y en diminutivo porque era chaparrito. Su “Chavo” y su
“Chapulín Colorado” fueron la delicia y lo siguen siendo, de niños
jóvenes y adultos. No me acuerdo el día de la semana que pasaban el
programa, pero nunca se me olvida, que se volvió costumbre en miles de
hogares mexicanos estar listos a la hora en que era televisado, para
disfrutarlo.
“El Chavo” se convirtió en referente de los programas
televisivos mexicanos exitosos. En Sudamérica lo adoran, igual que a su
otra creación, “El Chapulín Colorado”. Mis hijos y los de muchos de mi
generación crecieron familiarizados con ellos y con el “Doctor Chapatín”
y su inseparable bolsita de papel en la mano, con “Chaparrón
Bonaparte”, con “El Chómpiras” y las cachetadas guajoloteras que le
plantaba “El Botija”. Eran diálogos simples, sin leperadas ni
vulgaridades, que hacían las delicias de quienes los escuchábamos.
A
la vera de Chespirito también despegaron otras figuras queridas para el
público que seguía el programa. “El Quico” de Carlos Villagrán, “La
Chilindrina” de María Antonieta de las Nieves, Florinda Meza como “Doña
Florinda”, Angelines Fernández como “La Bruja del 79”, nuestro
saltillense Rubén Aguirre como “El Profesor Girafales”, Edgar Vivar como
“El Botija”, el “Don Ramón” de Ramón Valdez, Raúl Padilla el viejito
cartero que siempre rememorando el pueblito en el que había nacido.
El
programa alcanzó fama internacional. Saben del mismo en España y
Estados Unidos, incluso en Italia y en Turquía. Don Roberto también
incursionó en teatro, tuve la oportunidad de verlo en su comedia “11 y
12”, con local lleno, fue en el Libanés. Fueron más de 28 mil funciones.
También hizo cine, pero fue la televisión la que permitió que su
talento fuera conocido en su propio país y allende los mares.
Qué
bueno que en vida recibió homenajes y reconocimientos, porque los pudo
disfrutar, ya muerta la gente… qué más da. Se supo querido y apreciado, y
al final del día es lo que se llevó en el corazón. Don Roberto se queda
en el afecto entrañable de los millones de mexicanos y extranjeros que
gozamos de su talento, porque nos hizo reír a carcajadas, hasta las
lágrimas muchas veces.
Don Roberto es de esos personajes que
siempre estarán vivos en la memoria de los recuerdos queridos. Se quedan
con nosotros la ingenuidad del “Chavo”, la valentía del “Chapulín
Colorado”, la simpatía del “Doctor Chapatín”, la mansedumbre del
Chómpiras y las “chiripiolcas” de “Chaparrón Bonaparte”.
La risa
es un refugio, leí en alguna parte, ante los sinsabores de la vida y un
modo de unirse, en alegría, con las personas que lo rodean. La risa es
sol, como escribía Víctor Hugo, que ahuyenta el invierno del rostro
humano. Desde el alma, muchas gracias Chespirito.
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