Por Esther Quintana Salinas
Al
final del día los beneficiados serán los niños y los jóvenes de este país, es
decir, México
No
tengo memoria de que los mexicanos tengamos confianza en nuestras autoridades,
desde siempre se han llevado todo género de descalificativos cuando de
referirse a ellas se trata, de ahí que resulte insoslayable sacudir nuestro
entramado institucional-democrático, aunque haya sectores de la población que
no comulguen con ello, porque los hay. Hay reformas complejas y controvertidas
que no admiten aplazamiento, y que el Poder Legislativo tiene que atreverse a
realizar, porque esa es una de sus funciones sustantivas.
La
tarea no es fácil, porque demanda una tarea conjunta, sin protagonismos
partidistas, sin oportunismos, con una enorme voluntad de servirle al país. Y esto
ni siquiera debiera concebirse como algo extraordinario, porque al final del
día es lo que le corresponde hacer al Congreso de la Unión. Reflexionar sobre
esto es importante y necesario, porque lo que está en juego es la
gobernabilidad, la seguridad pública, el desarrollo económico, social y
político del país. Nada más y nada menos.
Cualquier
organización tiene que tener mecanismos de control implícitos, que obliguen a
todos sus integrantes a rendir cuentas a alguien, y a que se
responsabilicen de todos sus actos. Cuando esto no sucede, cuando no se
sancione a quien violente el orden, ni se obliga a rendir cuentas, todo el
sistema se pervierte. Los márgenes de impunidad que se han permitido en este
país nuestro, se han convertido en patente de corso para muchos, y eso explica
los altos índices de corrupción que nos agobian.
Hace
unos meses, la reforma laboral levantó polvareda, casi incendian San Lázaro las
izquierdas furibundas, por los cambios implementados en la Ley Federal del
Trabajo. No se han generado los empleos previstos a la luz de la reforma ¿qué
ha pasado? Pues que la economía está varada, no se han gestado las condiciones
para que los haya, la tendencia del crecimiento económico va en picada, hay un
subejercicio generalizado en la mayoría de las Secretarías de la Administración
Pública Federal, en particular de las que deberían impulsar el desarrollo del
país. Pero el problema no es de leyes, las leyes ya las hizo el Legislativo, la
pelota está en la cancha del Poder Ejecutivo.
Se
acaban de aprobar las tres leyes secundarias que establecen los “cómos” se
materializa la reforma constitucional dispuesta en los artículos 3 y 73. Y mire
usted la revuelta que se ha armado por parte de los líderes sindicales de la
CNTE, que han secuestrado a la ciudad de México, que están vulnerando derechos
de terceros a discreción, provocando daños severos a la economía y
un caos en la vida cotidiana de los capitalinos, para decirlo de manera
sucinta. Y lo único que hace la autoridad tanto federal, como local, es
contenerlos. ¿Cuándo se van a ir? Cuando quieran. ¿Quién va a responder por
todo el desbarajuste? Nadie. ¿Van a volver? Cuantas veces quieran y a repetir
la dosis, al cabo que el cobijo de la impunidad da para eso y más.
Menuda
tarea tiene el gobierno de Peña Nieto. Las criaturas que el mismo PRI creó y se
sirvió de ellas para entronizarse, hoy no están dispuestas a abandonar el
“reino” que les entregaron para que hicieran y deshicieran. Al PRI le está
pasando lo que a los padres que pretenden disciplinar al vástago cuando ya es
adulto, ya no se puede.
El
desafío de política educativa es combinar medidas y decisiones que se orienten
a fortalecer lo que ocurre en el microcosmos de cada escuela, reconociendo y
abordando al mismo tiempo las restricciones a su desarrollo que derivan de
factores estructurales dentro y fuera del control de ella, y apostar a favor de
quienes son actores principales en el cambio educativo, es decir, de los
maestros, directores y supervisores, brindándoles los instrumentos que se requieran
para alcanzar el objetivo, e institucionalizar la rendición de cuentas y la
responsabilidad por resultados en el sistema educativo. Al final del día los
beneficiados serán los niños y los jóvenes de este país, es decir, México.
Habrá quienes no estén de acuerdo con el nuevo paradigma, pero ese no debe ser
obstáculo para realizar los cambios inaplazables que se demandan.
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